BRUNO SCHULZ WIOSNA PDF

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Author:Mazukus Migal
Country:Peru
Language:English (Spanish)
Genre:Education
Published (Last):6 June 2016
Pages:38
PDF File Size:10.30 Mb
ePub File Size:9.93 Mb
ISBN:767-3-28897-871-6
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Bravo, Jzef! Fue un plagio evidente aplicado a otro Jzef[4], en circunstancias muy distintas. Nadie me lo reproch. Mi padre Jakub movi la cabeza y chasque la lengua, el seor fotgrafo coloc su trpode en la arena, abri el fuelle de la cmara y se meti bajo los pliegues de tela negra: fotografiaba ese fenmeno extraordinario, ese horscopo brillante en el cielo, mientras que yo, con la cabeza baada en la claridad, estaba tendido sobre el abrigo, inerte, sosteniendo ese sueo el tiempo de la exposicin.

III Los das se hicieron largos, claros y amplios, casi demasiado amplios visto su contenido, indefinido y pobre. Eran das llenos de espera, palideciendo de aburrimiento e impaciencia. Un soplo claro, un viento brillante atravesaba su vaco que an no era turbado por los senderos de los jardines desnudos y soleados, limpiaba las calles tranquilas, largas y claras, barridas como los das de fiesta y que, tambin ellas, parecan esperar una llegada, todava desconocida y lejana.

El sol se diriga lentamente hacia el equinoccio, ralentizaba su curso, alcanzaba la posicin en la que deba detenerse en un equilibrio ideal, arrojando torrentes de fuego sobre la tierra desierta.

Un soplo infinito recorra el horizonte en toda su extensin, dispona los setos y las avenidas a lo largo de las lneas puras de las perspectivas y se detena al fin, sofocante, inmenso, para reflejar, en su espejo que abrazaba el mundo, la imagen ideal de la ciudad, fatamorgana sumida en su anfractuosidad luminosa. El universo se inmovilizaba un instante, sin aliento, ciego, queriendo entrar todo entero en esa imagen quimrica, eternidad provisoria que se abra ante l.

Pero el segundo feliz pasaba, el viento rompa su espejo y el tiempo volva a tomarnos en su posesin. Llegaron las vacaciones de Pascua, interminablemente largas. Liberados de la escuela, deambulbamos por la ciudad sin necesidad ni fin, sin saber aprovechar la libertad vaca, imprecisa, inutilizable.

No encontrando nosotros mismos definicin, esperbamos una del tiempo que, embrollado en miles de respuestas equvocas, tampoco l saba encontrar. Se haban dispuesto ya las mesas en la acera delante del caf. Las seoras con vestidos claros estaban sentadas y aspiraban el viento a pequeos tragos, como se degusta un helado. Las faldas flotaban, el viento les mordisqueaba el dobladillo como un cachorro furioso, las mejillas de las seoras se sonrosaban, el viento seco quemaba sus rostros, agrietaba sus labios.

El entreacto duraba todava y su gran tedio, el mundo se acercaba suavemente, con angustia, a una frontera, llegaba demasiado pronto a un objetivo y esperaba. Deshidratados por el viento, nos precipitbamos en la casa para devorar grandes rebanadas de pan con mantequilla, comprbamos en la calle rosquillas crujientes y frescas, durante horas permanecamos sentados en fila, sin un pensamiento en la cabeza, bajo el amplio porche abovedado de un inmueble de la plaza del mercado.

Entre las arcadas bajas se vea la plaza blanca y limpia. Los toneles de vino estaban alineados a lo largo del muro y olan bien. Repiqueteando con el pie sobre las planchas de madera, entorpecidos por el tedio, nos sentbamos en el largo mostrador en el que, los das de mercado, se vendan las paoletas abigarradas de las campesinas.

Repentinamente, Rudolf, con la boca llena de rosquillas, sac de un bolsillo interior su lbum de sellos y lo abri ante mis ojos. IV En aquel momento, comprend por qu esa primavera haba sido hasta entonces tan vaca, tan cerrada y tan sofocante. Inconscientemente, se silenciaba, se callaba, retroceda[5], dejaba el sitio libre, se abra enteramente como un espacio puro, un azul sin opiniones ni definiciones, forma asombrada y desnuda que esperaba un contenido misterioso.

De ah proceda esa neutralidad azul, como despertada en sobresalto, esa inmensa disponibilidad. Esa primavera estaba a punto, amplia, desierta y disponible, sin aliento y sin memoria: aguardaba la revelacin.

Quin hubiera podido prever que saldra, deslumbrante y adornada, del lbum de sellos de Rudolf? Eran abreviaciones y frmulas extraas, recetas de civilizaciones, amuletos de bolsillo en los que se poda agarrar con dos dedos la esencia de los climas y de las provincias. Eran rdenes de pago en imperios y repblicas, en archipilagos y continentes.

Qu posean de ms los emperadores y usurpadores, los conquistadores y dictadores? Sbitamente sent la dulzura del poder, el acicate de esa insatisfaccin que slo el gobierno de las tierras puede saciar. Con Alejandro el Grande[6] yo dese el mundo. Y ni una pulgada menos, todo el mundo. Sombro y ardiente, colmado de un spero amor, reciba el desfile de la creacin: pases en marcha, comitivas brillantes que vea a intervalos, a travs de eclipses prpuras, aturdido por los golpes de la sangre que golpeaba en mi corazn al ritmo de esa marcha universal de todas las naciones.

Rudolf haca desfilar ante mis ojos www. Finalmente, en un arrebato, empujado por una magnanimidad desmesurada, coloc en mi pecho como si se tratara de una medalla una Tasmania rosa, resplandeciente como el mes de mayo, y un Hajdarabad plagado de alfabetos extraos, entrelazados [7]. Fue en aquel momento cuando tuvo lugar la revelacin, visin bruscamente descubierta, fue en aquel momento cuando lleg la buena nueva, mensaje secreto, misin especial de posibilidades incalculables.

Horizontes violentos se abrieron por completo, feroces hasta cortar el aliento, el mundo brillaba y temblaba, se inclinaba peligrosamente, amenazando con romper las amarras de todas las reglas y todas las medidas. Qu es para ti, querido lector, un sello de correos? Y qu el perfil de Francisco Jos I con su calvicie ornada por una corona de laurel?

No es el smbolo de la grisalla cotidiana, lmite de todas las posibilidades, garanta de fronteras infranqueables donde el mundo ha sido encerrado de una vez para siempre? Ese perfil omnipresente e inevitable surga en todos los horizontes, apareca por todos los rincones de las calles, cerraba el mundo con llave como una prisin.

Y he aqu que, en el momento en que nosotros ya habamos perdido la esperanza, cuando llenos de una amarga resignacin habamos aceptado la univocidad del mundo, su estrecha invariabilidad cuyo poderoso garante era Francisco Jos I, en aquel momento, oh Dios mo, t has abierto sbitamente ante m ese lbum de sellos como una cosa anodina, me has permitido echar una mirada fugaz sobre ese libro fascinante, sobre ese lbum que abandonaba su ropaje a cada pgina, cada vez ms cegador, cada vez ms conmovedor Quin va a reprocharme por haber quedado deslumbrado, paralizado por la emocin, que las lgrimas corriesen de mis ojos baados de claridad?

Oh, relatividad maravillosa, acto copernicano, fluidez de las categoras y las nociones! As, oh Dios mo, has permitido tantos modos, incontables, de existencia! Es ms de lo que yo haba soado en mis sueos ms locos. As, esa anticipacin de mi alma no me haba equivocado, mi alma que, contra toda evidencia, se obstinaba en creer que el mundo era infinitamente diverso!

En cada sello de correos, en cada moneda, en cada estampacin, su imagen confirmaba la inmutabilidad, el dogma inquebrantable: tal es el mundo y no hay otros mundos posibles fuera de este, deca el sello ornado con el anciano real-imperial. Todo lo dems slo es ilusin, pretensin extravagante y usurpacin.

Alojado en toda cosa, Francisco Jos I haba detenido el mundo en su desarrollo. Querido lector, todo nuestro ser se inclina a la lealtad. La lealtad de nuestra naturaleza educada no es insensible al encanto del poder. Francisco Jos I era el poder supremo. Si ese anciano autoritario pona todo su peso en la balanza, no haba nada que hacer, haba que renunciar a todas las esperanzas del espritu, a sus presentimientos ardientes, organizarse bien que mal en ese mundo el nico posible sin ilusiones y sin romanticismo: haba que olvidar.

Sin embargo, cuando la prisin se haba irrevocablemente cerrado, cuando la ltima salida haba sido tapada, cuando una conjuracin de silencio haba rodeado al prisionero, Francisco Jos I habiendo amurallado, obstruido el ms pequeo intersticio con el fin de que no te visemos, entonces, oh Dios mo, has surgido, vestido con el abrigo rumoroso de los mares y los continentes y t lo has desmentido; Seor, has cargado con la infamia de la hereja al hacer estallar esa enorme blasfemia, florida y esplndida.

Oh, Heresiarca[9] esplndido! T me has deslumbrado www. En esa poca, yo no conoca an la forma triangular del lbum. En mi inconsciencia, lo haba confundido con una pistola de cartn con la cual disparbamos en clase, bajo el pupitre, para mayor contrariedad de los profesores. Y t has disparado, Seor! Fue tu clida retahla, tu filpica luminosa y soberbia contra Francisco Jos I y su Estado de prosa, fue el verdadero libro del esplendor! T atravesabas sus pginas, arrastrando la cola de tus vestiduras tejida con todas las esferas y todos los climas: Canad, Honduras, Nicaragua, Abracadabra, Hiporabundia.

Te haba comprendido, Seor. Todo eso eran los subterfugios de tu riqueza, las primeras palabras que se te haban ocurrido. Habas metido una mano en tu bolsillo y como quien exhibe un puado de botones t me mostraste las posibilidades que haba en ti. No se trataba de exactitud, t decas no importa qu. Hubieras podido decir igualmente: Panfibras y Haleliva, y en el aire hubieran batido inmisericordes las alas de los papagayos, y el cielo, tal una inmensa rosa azul de cien ptalos abiertos por tu soplo, hubiera hecho aparecer su fondo luminoso, tu ojo ocelado y penetrante, y el ncleo cegador de tu sabidura hubiera resplandecido all, impregnado de subidos colores, floreciente de embriagadores aromas.

T has querido deslumbrarme, oh Dios mo, vanagloriarte, seducirme, pues t tambin tienes tus momentos de vanidad en los que te admiras a ti mismo. Oh, cmo amo esos momentos! T estabas confundido, Francisco Jos I, t y tu evangelio de prosa!

Mis ojos te buscaban en vano. Finalmente, te encontr. Estabas bien ah, entre esa muchedumbre, pero qu pequeo, desorientado y gris. Caminabas entre el polvo del camino, detrs de Amrica del Sur y delante de Australia y cantabas con los otros: Hosanna! VIII Me hice adepto del nuevo evangelio.

Trab amistad con Rudolf. Lo admiraba a la vez que presenta confusamente que l slo era un instrumento, que el libro estaba destinado a algn otro. En efecto, Rudolf haca ms bien de garante. En el fondo, l estaba triste, como si supiera que iba a decrecer mientras que yo crecera.

Era parecido a aquel que haba venido a enderezar los caminos del Seor[11] IX Yo tena numerosas razones para considerar que ese libro me estaba destinado. Muchos signos indicaban que se diriga a m, que me confiaba una misin especial, un mandato, una carga personal. Lo comprend al ver que nadie se consideraba como su propietario. Ni siquiera Rudolf, que lo serva.

Pareca un domstico perezoso y reticente sometido a la faena del deber. A veces los celos inundaban su corazn de amargura. Se rebelaba interiormente contra su papel de guardin de un tesoro que no le perteneca. Miraba con un ojo envidioso el reflejo de los mundos lejanos, la gama silenciosa de colores que atravesaba mi rostro. Solamente cuando la vea reflejada en mi cara le llegaba la luz de esas pginas, a las que su alma no tena acceso. Una vez, vi a un prestidigitador. Se mantena de pie en el escenario, delgado, visible desde todos los lados, y, exhibiendo un sombrero de copa, mostraba a todo el mundo su fondo blanco y vaco.

Habiendo as prevenido su arte insospechable contra el reproche de manipulaciones deshonestas, traz en el aire con su varilla un signo mgico, complicado, despus, con precisin y ostentacin, se puso a sacar del sombrero, con ayuda de su bastoncillo, cintas de papel, palmos y varas y finalmente kilmetros de lazos de color.

La sala se llen de una masa crujiente de colores, de un crep ligero, espumoso, multiplicado hasta el infinito, de un amontonamiento luminoso, y l no dejaba de devanar su trama a pesar de las voces asustadas, las protestas admirativas, los gritos de xtasis y los lloros convulsivos; finalmente se hizo claro como el da que aquello no le costaba nada, que no sacaba esa abundancia de sus propios recursos: simplemente, reservas de otros confines se haban abierto, que no tenan nada en comn con las medidas y los clculos humanos.

Alguien que estaba predestinado para comprender el sentido profundo de esa demostracin volvi a su casa pensativo y deslumbrado, penetrado hasta el fondo del alma por la verdad que le haba alcanzado: Dios es infinito XI ste es el momento para desarrollar aqu un breve paralelismo entre Alejandro el Grande y mi persona.

Alejandro el Grande era sensible a los aromas de los pases. Su olfato presenta posibilidades inauditas.

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